Lo estaba esperando con una mezcla de interés e inquietud. Sospechaba que ese día llegaría, tarde o temprano, y lo temía y esperaba a partes iguales. Sospechaba que era inevitable. Un amigo muy querido, uno de los periodistas más rigurosos que conozco, me dice siempre que si nadie le amenaza o se enfada con él no está haciendo las cosas bien, e imaginaba yo que en este tema la cosa funcionaba más o menos igual.

Aun así, me sorprendió cuando llegó.

Todo fue por culpa de (¿gracias a?) una entrevista en la que hablaba en detalle sobre mi novela, La hija de Barbazul, que reescribe los cuentos clásicos desde un punto de vista feminista y haciendo hincapié en el rol tradicional de víctimas de los personajes femeninos en estas historias. Esta entrevista se difundió en un popular portal de curación de contenidos. Eso me alegró. Después leí los comentarios.

Y ahí estaba, en el primero, la palabrita temida, lanzada como un insulto, como una llamada jocosa a los demás miembros de la manada, que rápidamente saltaron a apoyar al portaestandarte. A éste le seguían cinco o seis comentarios más. Lo sé, no son demasiados. Sentí, supongo, lo que se siente cuando llega algo que se teme y se espera. Un poco de alivio, otro poco de disgusto, algo de decepción, una pizca de tristeza y un poquitín de orgullo. Un anticlímax.

Inmediatamente se sucedieron los insultos, todos bastante previsibles, bastante propios de un (siniestro) patio de colegio. Me inquietó su virulencia. La persona (llamémosla así) que comentaba pasaba a descalificar mi aspecto físico, y a continuación a describir lo que me haría o no me haría en base a él. Lo curioso del asunto es que, por el tono, se supone que yo debería haberme sentido ofendida porque esta, de nuevo, persona, quisiese o no quisiese hacerme lo que se suponía que me haría, o no, porque que quisiese hacérmelo sería, entiendo, un honor. Así que me estaba insultando al convertirme en objeto de un cierto tipo de violencia sexual a la inversa. No sé si me explico.

Nadie calificó, por supuesto, el contenido de la entrevista, su interés o no, su calidad. Pero, al hacer referencia a mi aspecto físico (y a sus utilidades) el resto quedaba invalidado. No entraba en juego. No formaba parte del discurso.

Caigo en la obviedad si me pregunto si los artículos o entrevistas a autores hombres reciben el mismo tratamiento en esta red y en todas las demás. Caigo en la ñoñería si me lamento por ello, y en la falsedad si no admito que me ofendió, no el término en sí, sino la situación. Perdida ya la virginidad feminazil, entiendo que solo queda, como con la otra, practicar y practicar para hacerlo cada vez mejor: insistir en mis comentarios, artículos, poses, declaraciones, relatos y novelas “feminazis”. Asediarlos hasta que se les agoten los víveres. Vencer por agotamiento, además de por convicción.

Ana de Haro
Periodista y escritora
@Ana_de_Haro

La hija de Barbazul, de Ana de Haro (@Ana_de_Haro), ganadora del VIII Certamen de Novela Ciudad de Almería, editada por la editorial Aldevara puede encontrarse aquí