Anna Conte2Win-Gallup ha publicado en los primeros días de enero su trigésimo novena relación anual sobre las prospectivas y convicciones de los habitantes de 68 países del mundo; dicho de otra manera, una especie de censo del nivel de optimismo global. ¿Los resultados? El 66% de las personas en el mundo considera que lleva una vida feliz, en 2014 alcanzaba 70%. En cuanto a las perspectivas de mejoría económica, sólo el 45% de la muestra cree en ella, en comparación con el 22% que se declara pesimista y el 28% que cree que las cosas seguirán igual. Por último, más de uno de cada dos (el 52%) espera que 2016 será mejor que 2015. El optimismo y la esperanza son típicos de las naciones jóvenes y emergentes, mientras que el pesimismo ocupa más espacio en los países más “desarrollados” (¡!).

Soy una italiana que ahora vive y trabaja en España y puedo decir con “cariño” que, además de las muchas cualidades positivas que tenemos en común italianos y españoles, también compartimos un cierto “derrotismo” y una propensión al “problem creating” más que al “problem solving”; cada día, reconozcámoslo, nos sometemos a una mentalidad dominante, embebida de desencanto y a un fino y apático cinismo que cierra el paso a la esperanza. Es cierto, sin embargo, como destacan muchos analistas, que los medios de comunicación juegan un papel de gran responsabilidad enfatizando malas noticias y creando alarma social sin demasiados miramientos. Y aquí está el problema.

¿Realmente podemos pensar que es suficiente revelar lo que va mal para que nuestra sociedad sea mejor? ¿O tal vez podríamos obtener este cambio si junto a la denuncia tratamos de explicar también cómo se podría hacer de otra manera? Si tenemos que indignarnos por funcionarios absentistas y políticos corruptos, también tenemos el deber de saber- ¡y de hacer saber! – que al lado de ellos también hay funcionarios y políticos que tienen en pie las instituciones con pasión y honestidad. También debemos saber que hay alcaldes que se levantan al amanecer y que tratan de cambiar las cosas, y por la noche en sus casas imaginan un futuro mejor para sus municipios. Leyendo, la reacción será diferente, pero no sólo: habremos despojado de coartada quienes dicen que no se puede hacer de otra forma.

Con todo esto, no estoy dando sólo mi opinión personal. Estoy hablando de una corriente, decididamente en contra de la tendencia general, que está abriéndose camino en diversas naciones. Es la del “periodismo constructivo” o también denominado “periodismo orientado a las soluciones”.

Un grupo de investigadores del Engaging News Project, un spin-off de la Universidad de Texas, sugirió que para atraer a más lectores se necesita dar más espacio al periodismo constructivo; es decir que a la hora de dar noticias sobre temas espinosos y escandalosos, tratar al mismo tiempo de sugerir, al lado del “qué” y el “por qué”, la manera de “cómo” superar y resolver esos problemas sociales puestos en evidencia.

Supone más esfuerzo para quien escribe, pero sin duda será más satisfactorio y útil para quien lee. Quizás es así que el periodismo puede diferenciarse y encontrar su verdadera “misión”, saliendo de la lógica de los morbos, de las divisiones y los conflictos para entrar en el de la proximidad y la cercanía. En el caos informativo en el que corremos el riesgo de ahogarnos, dejemos de enarbolar la bandera del derrotismo y decidámonos a ofrecer alternativas que nos permitan esperar y seguir viviendo.

Un gran periodista estadounidense de los años veinte, Walter Lippmann, analizó la distorsión de la realidad en la comunicación destacando el peso de los estereótipos, dejándonos una explicación más que convincente: “La forma en que imaginamos el mundo determina lo que la gente hará”.

Un gran reto y una responsabilidad para todos nosotros, trabajadores de la comunicación.

Anna Conte
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