No he podido abrir todavía todos los correos electrónicos que he recibido felicitándome la Navidad.  Son realmente muchos. Por supuesto, se agradece que se acuerden de ti, aunque la relación con muchas de estas personas sea meramente profesional. Hay algo, sin embargo, que también este año en incluso más que en años anteriores, me llama la atención. Hay muy pocas felicitaciones, diría que se cuentan con los dedos de una mano, que, en palabras o imágenes, se refieran a lo que representa esta fiesta cristiana: recordar el nacimiento de Jesús en Belén y todo lo que aconteció después en la historia del mundo. Reconocer que en ese dato está el significado de la Navidad me parece más que obvio, independientemente de ser creyentes o no. De todos modos, si respetamos las fiestas musulmanas o budistas, por qué no respetar también la Navidad y su significado.

Pero hay algo aún más preocupante, en mi opinión, que contamina el aire de estos días de celebración. Más allá de la religión, esta fiesta había mantenido el sentido de «lo familiar», de encontrarse para vivir juntos un momento para compartir. En lugar de eso, escucho y leo que «los regalos son una tortura, los almuerzos con los familiares un tormento, la exhibición de gestos de cariño una constricción impuesta por el calendario…».

Quede claro que no estoy defendiendo la retórica que a menudo ha envuelto estas fechas, pero creo que no se merece que nos mofemos de ella públicamente hasta ese punto. Probablemente, años y años de dictadura de lo «políticamente correcto» han generado por repulsa una hostilidad hacia todo lo que sabe a buenos sentimientos. Como si la amabilidad fuera de los débiles y la bondad de los hipócritas. Hoy está de moda estar enojados, ser rencorosos… Pero mirémonos en el espejo, mientras caminamos por la calle, conducimos en medio del tráfico, hablamos por teléfono o hacemos cola en el cajero automático… ¿no parecemos, o peor aún, no estamos, a menudo, envueltos por una cierta actitud de irascibilidad e irritabilidad gratuita?

¿Será por eso que una fiesta de familia y de buenos sentimientos nos resbala y nos parece algo de otro mundo? ¿Será por eso que desear con sinceridad una «Feliz Navidad”, con el corazón, con fe o sin fe, sabe un poco a chifladura?

A este punto, me vienen a la mente los resultados de la famosa investigación de Harvard sobre la felicidad, un experimento científico sin precedentes iniciado en 1938 en el que cientos de personas de todas las condiciones sociales son ‘monitoreadas’ paso a paso y Navidad tras Navidad a lo largo de sus vidas.

Las conclusiones son sorprendentes, o más bien, revelan algo aparentemente obvio, pero extremadamente impopular. Que no es el dinero o el éxito lo que da la felicidad, sino la calidad de las relaciones humanas. Y aquellos que han sabido cuidar sus relaciones afectivas han vivido mejor e incluso más tiempo que aquellos que las han sacrificadas en el altar de su ego. Sería conveniente tener en cuenta estas conclusiones, al menos en un rincón de la memoria de nuestro corazón.

Si comparto esta reflexión al inicio de un nuevo año es porque tengo la esperanza, si no la certeza, de que quienes me leen en Mujeremprendedora compartan conmigo y con todos nosotros de la redacción, un compromiso diario para destacar, también a través de nuestro trabajo específico, todo lo que es bello, verdadero y bueno.

Un compromiso que renuevo ahora, deseando un feliz año nuevo a quienes nos leen también en otros países, para continuar tejiendo juntos esta red de colaboración e intercambio.

  • El título lo robé a Athena, una niña de 13 años que murió en 2014 de cáncer de huesos. Espero que le guste.

Anna Conte

Directora de Mujeremprendedora