Con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, celebrado en febrero, salió a luz un estudio realizado por los investigadores Elena Giné, profesora del departamento de Biología Celular de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid; Cristina Nombela, profesora del Departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la Universidad Autónoma de Madrid, y Fernando de Castro, científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, del Instituto Cajal (CSIC).

En él, se identificaban a cuatro mujeres neurocientíficas que desarrollaron su trabajo con Santiago Ramón y Cajal o con algunos de sus discípulos más eminentes, dentro de lo que se conoce internacionalmente como Escuela Neurológica Española. Se trata de Laura Forster, Manuela Serra, Soledad Ruiz-Capillas y María Luisa Herreros, que contribuyeron al desarrollo de la neurociencia en España entre 1911 y 1945.

“Estas mujeres iniciaron su andadura investigadora en la Escuela de Cajal y desarrollaron brillantes carreras profesionales en el extranjero (Laura Forster) o en España (las demás). Es sorprendente el hecho de que nunca se haya prestado atención a la presencia y contribución de estas neurocientíficas, que completan nuestra visión de, probablemente, la escuela científica más exitosa de la Historia de la Ciencia biomédica, junto a la de Louis Pasteur, como en 2017 ha reconocido la UNESCO”, señalaba Fernando de Castro.

Y es que no han sido las únicas mujeres de la historia de la ciencia a las que, digamos, se les prestó poca atención. Por ejemplo, Mileva Marić, también conocida por Mileva Einstein. Matemática serbia, era colega y fue la primera esposa de Albert Einstein. Tras el matrimonio, subordinó sus aspiraciones científicas al matrimonio, a la maternidad y a “ayudar” a su marido con las investigaciones.

O Esther Miriam Zimmer Lederberg, una microbióloga estadounidense, pionera en genética bacteriana. Estuvo casada con Joshua Lederberg, que obtuvo el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en el año 1958, compartido con George W. Beadle y Edward Lawrie Tatum, y que ganó gracias a los descubrimientos de su mujer.

O Lise Meitner, física austriaca judía que investigó la radiactividad y en física nuclear. Formó parte del equipo que descubrió la fisión nuclear, un logro por el cual su amigo Otto Hahn recibió el Premio Nobel. Y un dato, el elemento n.º 109, meitnerio, fue nombrado en su honor.

O Rosalind Elsie Franklin, química y cristalógrafa inglesa, responsable de importantes contribuciones a la comprensión de la estructura del ADN, del ARN, de los virus, del carbón y del grafito, cuyo trabajo no se reconoció igual que los de James Dewey Watson, de Francis Crick y de Maurice Wilkins.

Y son solo algunos ejemplos. Hoy día, son muchas las iniciativas que hay para que las niñas y las jóvenes se interesen por las llamadas profesiones STEM. Incluso, el Gobierno creó, a finales del año pasado, el Observatorio ‘Mujeres, Ciencia e Innovación’ para la Igualdad de Género. Es muy importante mirar hacia el futuro de la ciencia, pero no nos olvidemos de aquellas que han hecho que hayamos llegado a este punto. Su contribución merece, y debe, ser recordada.

Inma Sánchez

Periodista