Ocho años de dedicación profesional a los entresijos de la cámara oscura bastaron para situar a esta almeriense en los orígenes de la fotografía en España

Corrían los años 60 del siglo XIX. La emancipación de la mujer era aún una utopía y su incorporación al mercado laboral, muy testimonial. Esto no quiere decir que no trabajara, sino que, en muchos casos, no obtenía un salario. Durante décadas, la población femenina participó en tareas de cuidado y explotación del campo, de negocios familiares, del servicio doméstico en otras casas e instituciones y, progresivamente, fue teniendo un acceso cada vez mayor a los sectores secundario y terciario.

En esta misma época, una joven almeriense, Amalia López Cabrera, se convierte en la primera mujer en España en abrir y regentar su propio estudio fotográfico. Pero, ¿cómo casan estas dos realidades paralelas? Lo cierto es que la historia de la fotografía se ha escrito en clave masculina y hoy recordamos apellidos como Niépce, Daguerre, Florence o Bayard, entre otros, como pioneros del arte de captar imágenes, en detrimento de nombres femeninos como Constance Fox Talbot, Anna Atkins, Julia Margaret Cameron o Geneviève Élisabeth Disdéri, entre otras.

López Cabrera no fue la primera mujer en trabajar en un gabinete fotográfico, muchas lo hicieron antes, o de manera simultánea, como ayudantes de sus maridos o familiares, pero el talento, la valentía y la visión comercial de Amalia sí lograron que fuera precursora en este campo. Con 20 años contrajo matrimonio con un reputado impresor, Francisco López Vizcaino, con el que dejó su Almería natal y se trasladó hasta Jaén.

La casualidad, o su osadía, quiso que en Jaén su camino se cruzara con el de un antiguo capitán del ejército polaco, Ludwik Tarszeński, conocido como Conde de Lipa. Este, fascinado por el auge en Europa del daguerrotipo -uno de los primeros procedimientos utilizados para plasmar imágenes-, dedicó parte de su vida a dar clases de fotografía por toda la geografía española, llegando a convertirse en fotógrafo de cámara de las reinas Isabel II de España y María II de Portugal. De él aprendió los secretos de la cámara oscura, las placas, los baños de plata y la magia de las exposiciones. Si bien su obra no superó a la de su maestro, una de las pocas imágenes que se conservan hoy del Conde de Lipa está firmada por Amalia L. de López, alias que ella usó en todos sus trabajos.

Calle Obispo Arquellada, número 2, Jaén

Esta fue la dirección elegida por Amalia para el primer estudio fotográfico regentado en España por una mujer y su ojo clínico para los negocios le llevó incluso a promocionarlo en un periódico local en Jaén, el Anunciador. En su gabinete capturó desde su propia perspectiva a lo más granado de la sociedad jiennense, que posaba con sus mejores galas, a niños vestidos como adultos, familias completas, incluso personas difuntas de las que se quería dejar su último recuerdo en la tierra. Pero siempre quiso ir más allá en el aprendizaje de su oficio, por lo que se dedicaba a la investigación en su tiempo libre, y en 1868 participó en el Concurso Nacional de Fotografía celebrado en Zaragoza, en el que logró una mención honorífica. Solo un año más tarde se pierde toda pista de su trabajo, al trasladarse a Madrid junto a su marido, encargado de imprimir La Gaceta Agrícola. Su huella profesional se borró durante 30 años, como la de otras muchas mujeres que abandonaron sus talentos en favor del de sus maridos. Su luz se apagó en 1899, dejando para siempre el testimonio de las fotografías que realizó en los ocho años más prósperos de su carrera.

Isabel Bermejo

Consultora en Grayling Comunicación