Una bandera a medio bordar en el barrio granadino del Albaicín condenó al garrote vil a esta joven, defensora del liberalismo en una época convulsa

Muchas letras se han escrito y cantado acerca de esta figura histórica, Mariana de Pineda, de descendencia noble, que borró la preposición de su apellido para situarse más cerca del pueblo, al que siempre quiso elevar a las más altas cotas de poder. Su vida estuvo marcada por la lucha política, una faceta poco usual en la mujer de la época, en defensa de ideas liberales en una etapa de continuos cambios en el poder. A esto se unió una larga lista de amores malogrados, prohibidos o furtivos, que contribuyeron a aumentar su leyenda. Tras su muerte tampoco descansó tranquila, ya que, después de ser ejecutada en la granadina Plaza del Triunfo, sus huesos han sido exhumados una y otra vez hasta terminar en la cripta de la Catedral de la ciudad de la Alhambra.

Pero contextualicemos un poco su historia. De niña asistió a la invasión de los franceses en España, de donde no se marcharían hasta 1814 con el fin de la Guerra de la Independencia, que anuló la Constitución de 1812, más conocida como la Pepa. Desde 1814, y hasta 1833, Fernando VII peleó por instaurar un sistema absolutista en el que el miedo y las armas fueron sus mejores aliados. No se lo pusieron fácil quienes defendían el liberalismo y las pugnas entre ambos bandos dieron lugar a dos etapas determinantes de nuestro país, el Trienio Liberal (1820-1823), que devolvió el poder al pueblo, y la Década Ominosa (1823-1833), que restauró el absolutismo hasta la muerte del rey.

Con 20 años, ya viuda y con dos niños pequeños, Mariana Pineda intensificó su activismo político liberal contra el rey, asistiendo a reuniones clandestinas, ayudando a escapar a los perseguidos proporcionándoles documentación falsa, haciendo de enlace para el envío de correspondencia a los exiliados, entre otras facetas. Su misión era apoyar a quienes querían derrocar la monarquía para implantar un gobierno por y para el pueblo.

Pero su lucha encontró mil y un obstáculos. Uno de ellos fueron sus romances, o la ausencia de ellos, que estaban condenados a no entenderse con la libertad. El despecho del subdelegado principal de policía y alcalde del Crimen de la Real Chancillería de Granada, Ramón Pedrosa, la condujo a la muerte, porque siempre quiso sus favores, pero nunca los tuvo. Conocedor de sus tendencias liberales, Pedrosa le tendió una trampa para lograr que delatara a quienes apoyaban su misma causa.

Así, hizo que en un registro de su casa se hallara una bandera a medio bordar, procedente del Albaicín y con tintes revolucionarios, en la que se intuían las palabras Libertad, Igualdad y Ley. Y, con esta excusa, consiguió arrestarla y recluirla, hasta ser ajusticiada, en el Beaterio de Santa María Egipcíaca de Granada, denominado de las Arrecogías, una especie de cárcel, o refugio, para mujeres “descarriadas”, de mala vida.

El mismo Pedrosa logró para ella un indulto a cambio de revelar los nombres de “los traidores al régimen”, pero Mariana prefirió guardar silencio, convirtiéndose así en mito de la resistencia. Su nombre viajó de pueblo en pueblo en Andalucía como símbolo de la “libertad herida por el hombre”, permaneciendo por siempre en su memoria colectiva y convirtiéndose en uno de los personajes retratados por el también granadino García Lorca, quién corriera su misma suerte poco más de un siglo después.

El 26 de mayo de 1831 se ejecutó la sentencia de pena de muerte contra la joven y Granada le rinde tributo año tras año en esta fecha con un programa de actos conmemorativos que incluye la entrega de unos premios homónimos, que reconocen el trabajo de entidades, colectivos o personas relevantes por promover la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Desde 2003, Mariana Pineda da nombre a la puerta principal del Parlamento de Estrasburgo, en homenaje a quién encarnó en vida la “lealtad, la libertad y la salvaguarda de los valores constitucionales”.

Isabel Bermejo

Periodista y Consultora de Comunicación