Casi todos los años de vuelta de vacaciones, escucho a alguien decir que viene dispuesto a cambiar algo, que quiere cambiar estilo de vida, que quiere afrontar nuevas experiencias y metas. Afirmaciones y propósitos tan contundentes me traen a la memoria una frase de Mandela: “La tarea más difícil en la vida, es cambiarse a sí mismo”.

¿Se puede realmente cambiar algo? Cualquier cambio conlleva hacer las cuentas con el trabajo, con la OLYMPUS DIGITAL CAMERAfamilia y con el tiempo, que es siempre limitado. En la mente de muchas personas, cuando sienten el impulso de cambiar piensan que para hacerlo se necesita una acción definitiva y total; y, a veces, también se nutren de la idea de que para vivir en modo diverso es necesaria una inyección económica, tener menos vinculaciones y compromisos, atraer más oportunidades… Y es, precisamente en estas ideas, donde se esconden los límites que nos alejan de hacer algo útil y positivo que nos aporte más felicidad y más satisfacción.

Por tanto, la primera acción que podemos hacer cuando se asoman estos propósitos a nuestra mente es la de cambiar nuestros esquemas mentales para afrontar mejor la tarea de construir un cambio día tras día. Quizás el primer paso que podríamos dar es el de aprender a ser más flexibles, menos rígidos; ejercitar la elasticidad en el cuerpo y en la mente es un ejercicio que nos permite afrontar los imprevistos con otra actitud, y como el optimismo es la fe que dirige al éxito, es importante iniciar nuestra jornada con una sonrisa y no estresados; el desayuno, la ropa que nos ponemos, la música que escuchamos mientras nos preparamos, el camino que hacemos para ir al trabajo, puede darnos la posibilidad de regalarnos algo hermoso que nos ayude a sonreír y afrontar el resto del día con otro ánimo.

Alguien me explicó ayer un ejercicio que le ayudaba a afrontar el día a día y la vida misma con confianza y reforzando la propia fuerza interior. El ejercicio es muy sencillo, estaba aprendiendo a caminar con la espalda más derecha, no dejándose llevar y curvando el cuerpo y la cabeza hacia adelante, posiciones que no le hacían bien ni al cuerpo ni al espíritu. Me decía que era un ejercicio muy sencillo pero que le estaba cambiando la manera de afrontar la vida y, al mismo tiempo, mejorando su salud al disminuir tensiones musculares. Si a estas pequeñas cosas añadimos el hacer de vez en cuando algo nuevo y con una actitud diversa de como siempre la habríamos hecho, podremos encender nuevas pasiones en nosotros.

Hacer un curso de baile, meternos en un grupo de voluntariado, aprender un nuevo idioma o cualquier otra iniciativa que nuestro corazón nos sugiera y que por muy loca que nos parezca la idea, seguro que aportará algo nuevo a nuestra vida. Lo importante es explorar, salir de nuestra zona de confort, alargar nuestra mirada, aunque sea buscando otro itinerario para ir al trabajo o al supermercado. Una amiga me ha dicho que está recorriendo los pueblos de su provincia viajando en tren. Ha roto así la rutina de los domingos y abriéndose a nuevas experiencias. Todos sentimos necesidad de cambiar algo o de cambiarlo todo y no podemos permanecer pasivos ante esa inquietud. El primer paso es pensar honradamente lo que no funciona, aquello que ya no se soporta. Para expresarlo como lo haría un oriental, hay que saber cómo cortar los ramos secos y regar allí donde la tierra necesita nutrición, esperar con paciencia que las semillas plantadas florezcan generando ese nuevo panorama en el jardín de nuestra vida.

Manuel Bellido

Director de Grupo Informaria